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24 de noviembre de 2013

S.O.S Solidaridad



Prácticamente todos los días paso por el metro de Ciudad Universitaria e invariablemente,  al subir las escaleras que conducen a  la calle, fijo mi mirada en el cartel publicitario que anuncia la nueva Campaña de Cruz Roja para donar sangre. “Luego vendré a informarme, me digo; “Mañana sin falta me paro “o “Tengo mucha prisa por llegar a clase”.

Es muy fácil buscar excusas. Es  muy fácil dejarlo para mañana sabiendo que no será nunca. No caemos en la cuenta de que con un solo gesto solidario, podemos ayudar a mucha gente. Hasta que no nos afecta en primera persona no nos damos cuenta de la magnitud del problema que plantea la falta de sangre en los hospitales. ¿Se imaginan que su vida dependa de una de esas donaciones y no llegue? Nos acordaríamos entonces de todos aquellos momentos en los que pasamos por delante y no nos paramos ni siquiera a reflexionar un poco sobre el  asunto.  

Al igual que ocurre con las donaciones de sangre, tan al alcance de nuestra mano, pasa con otros muchos problemas que afectan a millones de ciudadanos. Solo reaccionamos de una manera instintiva ante las grandes catástrofes retransmitidas a través de los medios de comunicación,  en las que vemos estremecedoras imágenes de niños pidiendo ayuda, agua o comida, que nos parten el corazón. Reaccionamos en un primer impulso e intentamos ayudar. Sin embargo, con el paso de los días, olvidamos la catástrofe aunque el problema persista durante muchos años.
Así lo demuestran los datos. Por ejemplo, según subraya El País,  en cuanto a la catástrofe en Filipinas “desde primera hora del lunes hasta bien entrada la tarde del miércoles, Médicos sin Fronteras (MSF) reunió 750.000 euros en donativos en España destinados a las víctimas del tifón a través de su web y por teléfono”. Pasados los primeros días, y pasadas las imágenes de actualidad, nuestra solidaridad disminuye rápidamente y la catástrofe humanitaria cae en el olvido.
Podemos buscar otras muchas excusas. El que usamos los donativos para acallar nuestras conciencias,  ya que nos sentimos culpables por vivir en países desarrollados y las catástrofes ocurren en países pobres. Quizá, no siempre los donativos a ONG o asociaciones sin ánimo de lucro llegan al destino deseado, puesto que en algunas ocasiones pueden enmascaran negocios dudosos.
Finalmente, sin embargo, si queremos que las cosas mejoren, es fundamental ser solidarios en el día a día. También ante las grandes catástrofes, pero sobre todo en los pequeños problemas cotidianos que tenemos más cerca. ¿Quién no tiene al lado alguien necesitado, no solo de dinero sino también por ejemplo, de compañía o afecto? Los caminos largos se recorren con pasos cortos. Los buenos actos cotidianos nos pueden llevar muy lejos.  

20 de noviembre de 2013

El gobierno nos pone el bozal






El anteproyecto de ley de seguridad ciudadana con la que Rajoy supuestamente pretende velar por la seguridad y la libertad es un claro “ver, oír y callar”, de esos que tu madre te suelta cuando eres pequeño mientras los mayores están hablando.

Esta nueva ley no es más que otro intento del gobierno por reprimir y coartar a la sociedad de sus libertades democráticas.

Ante los ladridos de una ciudadanía cabreada por despidos, bajada de sueldo, atropello de lo público, una Familia Real ladrona, corruptelas políticas, una ley electoral de risa, una justicia de broma e infinidad de asuntos más, Rajoy ha decidido echar mano del bozal.

La calle es de la policía y del gobierno señores, no de la ciudadanía, no se equivoquen. El orden y la disciplina deben reinar en nuestro país en pro de la marca España. 
Así lo quiere el ministro de Interior: Jorge Fernández Díaz, que para tal fin ha diseñado multas disuasorias para amansar a las fieras, convirtiendo conductas tipificadas en el código penal como faltas en infracciones administrativas graves.

Si haces un escrache al político corrupto de turno, aflojas 600000, qué encima te plantas un gorrito por ser noviembre 30000 más, qué grabas cómo antidisturbios  te tiran pelotas a la cabeza en una manifestación y te dejan tuerto: otros 600000 por ir de listillo y si te enfadas con él un poquito y te acuerdas de sus antepasados: 30000 más. No se os ocurra tampoco concentraros frente a las instituciones del Estado, estará criminalizado en menos que canta un gallo.

A la derecha no le gustan las formas de protesta ciudadana  surgidas a raíz del 15M y mucho menos su difusión. Como alternativa proponen manifestarse de forma silenciosa, sentaditos en el sofá para no hacer ruido, en lugar de #TomalaCalle, el lema de protesta será: #TomatuCasa.

Dios quiera (y no esté de parte del gobierno del PP) que la nueva Ley de Seguridad Ciudadana, como en su momento la 'ley Corcuera' (la norma socialista que el Ejecutivo está modificando y que data de 1992) también sea tumbada por el Tribunal Constitucional.

17 de noviembre de 2013

El precio de la exclusión

Paisaje de serie y cemento a última hora de la tarde de un sábado frío y lluvioso del otoño madrileño. El centro plagado de transeúntes, barullos de música y amigos reunidos en torno a cafeterías y bares. Espléndidas rutinas de fin de semana entre las que se cuelan otras realidades silenciosas y atropelladas por el desinterés de nuestras prisas y la fuga de nuestra marcha. La mendicidad, siempre mal ubicada para las instancias municipales, aparece diseminada como un mapa de estrellas parpadeantes sobre el agujero negro de nuestra indiferencia, a medio camino entre la locura y ninguna parte. Para quien deambula habitualmente por las castizas aceras es tan familiar como el oso y el madroño, tan tradicional como el chotis, tan frecuente como la llegada del metro y tan común como la mala suerte. Desde la Puerta del Sol hasta Gran Vía, en una estación del subterráneo,  al cobijo de un portal o en el umbral de un cajero automáticamente deshumanizado, los indigentes se dibujan ante nuestros ojos cual farolas, incrustados en el mobiliario urbano.

Todo el mundo se lava las manos, excepto para recaudar. El gobierno municipal de Ana Botella, con el anuncio de una ordenanza de convivencia que aprobará en 2014, prevé multas de 750 a 3000 euros por infracciones tan depravadas como ofrecerse a limpiar parabrisas en un semáforo o pedir limosna ante un centro comercial. La tan manida hipocresía legal se muestra implacablemente despiadada ante un problema de historias descorazonadas y angustias a la intemperie. Según FEANTSA (federación europea que lucha contra el sinhogarismo), se calcula que, sólo en Madrid, más de 2.000 personas duermen en la calle cada noche. Tristemente, la contundencia de este naufragio social es ajena a los piratas del consistorio, más centrados en reducir cifras de pobres a base de multas eurolamentables. En su esfuerzo por tratar de disuadir de  la indigencia, como si hubiera alternativa, parece que creyeran que pueden suprimir a los sintecho con una goma de borrar.

Donka es una indigente búlgara que mendiga atención y ayuda con la mirada perdida en este infinito de incomprensión. Ante la desidia y el maltrato institucional que la criminaliza, y sin apenas hablar nada de castellano, sólo le queda esperar algo de anónima solidaridad. "Crea ilusión", "comparte alegría" son los eslóganes que anuncia la franquicia en la que se resguarda. No todo está perdido cuando todavía hay personas comprometidas que tratan de auxiliarla.


@ardeipalatnac


Derechos y basura

Calle Alonso Cano en Madrid con basura acumulada. Agencia EFE


Trece días ha durado esta huelga que ha llenado de basura las calles madrileñas, nuestros temas de conversación y toda la atención mediática, a nivel nacional e internacional. The Financial Times criticaba a Botella por tratar de “mantenerse al margen” del conflicto, el Wall Street Journal acogía el titular “La basura se acumula en Madrid” y también Le Monde se hacía eco de la noticia con un titular similar, “Madrid, inundado de basura”. 

Esta huelga ha dado para mucho. Hasta el punto de que se plantearon soluciones alarmistas como sacar el ejercito a la calles para acabar con el problema. Y es que conforme han ido pasando los días y el reloj iba haciendo tic-tac, el problema era cada vez mayor. La alcaldesa de Madrid que al principio quiso mantenerse al margen del conflicto con unas declaraciones poco acertadas, tuvo que rectificar al verse perseguida por su gran bola de basura. 

Ya se hacía algo normal caminar por las calles hedientas e ir esquivando montones de basura. Pero si de algo deben alegrarse los ciudadanos de Madrid no es de la limpieza de sus calles sino de los derechos que los trabajadores han conseguido mantener evitando el despedido de 1.163 trabajadores, como fue planteado en el ERE, y de evitar que sus salarios se viesen reducidos en un 43%.

Una huelga que da esperanza pues muestra que no todo está perdido. 
 
 
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