La
pobreza no es exclusiva de los adultos, también tiene un
rostro infantil. Y es una cara difícil de afrontar. Para paliar en
parte los estragos originados por la difícil situación
económica que atravesamos, varias ONG´s han puesto en
marcha planes de ayuda como el refuerzo de los bancos de alimentos,
los comedores sociales para niños y los servicios de apoyo
escolar. Nos
enfrentamos a nuevos escenarios de marginación social para
estos menores que implican malnutrición, desescolarización
y dificultades de acceso a la sanidad pública.
Mientras
que Elena Alonso, la directora de proyectos sociales de Mensajerosde la Paz, trabaja con
varios voluntarios de forma aparentemente desajustada en el barrio de
La Latina, los teléfonos no dejan de sonar. Esta mañana
el camión que ha de abastecer el almacén de alimentos
llega con retraso y aún quedan multitud de detalles que cerrar
para la apertura de tres nuevos comedores, dos de ellos infantiles,
que empezarán a funcionar en el transcurso del mes de enero.
Para entonces 250 menores se beneficiarán diariamente de los
servicios de comida, merienda y apoyo escolar que ofrece la organización.
Los requisitos para acceder a becas de comedor se han endurecido tanto que es casi imposible poder beneficiarse. Desde 2011, sólo en Madrid, en torno a 70 mil niños han perdido las becas del comedor por los recortes, y para muchos era la única comida consistente que probaban en todo el día. Las cifras contempladas en los presupuestos autonómicos son prueba de la gélida indiferencia que el gobierno regional ha manifestado ante este drama. El número de becados ha pasado de 120 mil a 50 mil en tan sólo dos años, lo que supone una bajada cercana al 60%. A ésto hay que sumar la reducción del número de beneficiarios de la gratuidad completa (menores en situación de acogimiento, aquellos cuyas madres sean víctimas de violencia de género y los que estudian en un municipio diferente al de su lugar de residencia). Mientras que en 2011 8.688 se vieron exentos de pagar el importe del menú escolar, en 2013 el número bajó a 6.130, lo que implica casi un 30% menos. Las clases medias y bajas no sólo han perdido capacidad adquisitiva y puestos de trabajo, también se les ha despojado de buena parte de la cobertura social de la que venían disfrutando, precisamente en un momento de máxima vulnerabilidad. Y todo ello está afectando a sus hijos.
Los requisitos para acceder a becas de comedor se han endurecido tanto que es casi imposible poder beneficiarse. Desde 2011, sólo en Madrid, en torno a 70 mil niños han perdido las becas del comedor por los recortes, y para muchos era la única comida consistente que probaban en todo el día. Las cifras contempladas en los presupuestos autonómicos son prueba de la gélida indiferencia que el gobierno regional ha manifestado ante este drama. El número de becados ha pasado de 120 mil a 50 mil en tan sólo dos años, lo que supone una bajada cercana al 60%. A ésto hay que sumar la reducción del número de beneficiarios de la gratuidad completa (menores en situación de acogimiento, aquellos cuyas madres sean víctimas de violencia de género y los que estudian en un municipio diferente al de su lugar de residencia). Mientras que en 2011 8.688 se vieron exentos de pagar el importe del menú escolar, en 2013 el número bajó a 6.130, lo que implica casi un 30% menos. Las clases medias y bajas no sólo han perdido capacidad adquisitiva y puestos de trabajo, también se les ha despojado de buena parte de la cobertura social de la que venían disfrutando, precisamente en un momento de máxima vulnerabilidad. Y todo ello está afectando a sus hijos.
Enfrentarse
a los 30 niños que acuden al comedor de Mensajeros de la Paz
es una tarea mucho más difícil que la de los
insensibles cálculos presupuestarios. Es la complicación
de dar normalidad a una situación que no la tiene: menores sin
recursos que se ven obligados a acudir a la beneficencia, ante el
absoluto abandono de los poderes públicos.
Los
voluntarios llegan antes de las 18:30h para ir preparando los
servicios de las mesas. A las siete en punto acceden los menores de
entre 2 y 14 años. Irrumpen en la sala con un ejército
de manos agitadas, pero en perfecto orden, tal y como señalan
las normas, que también obligan a avisar de las ausencias y a
indicar las alergias alimenticias que puedan padecer los niños.
Rápidamente ocupan sus asientos, mientras que una suerte de
risas empieza a bailar entre el humeante rastro que dibujan los
platos de sopa de letras. Una vez que han terminado también con el guiso de carne y la fruta, las sobras de la merienda no se
desperdician. Antes de despedir a los niños, son
cuidadosamente depositadas en tarteras que se entregan a los padres.
El informe de Unicef, El impacto de la crisis en los niños,
ya alertaba de que las administraciones habían incluido como
medida de reducción del déficit público la
supresión de ayudas a las familias. Las consecuencias de la
crisis económica que ha provocado que el número de
hogares con todos sus miembros adultos en paro crezca un 120% entre
2007 y 2010, se ha traducido en un empeoramiento de las condiciones
de vida y de la
calidad de la alimentación en los hogares, afectando también
a la educación y
dificultando
en muchos casos el costear tratamientos médicos no incluidos
en el sistema público.
Los
más pequeños terminan percibiendo y, en ocasiones,
sufriendo el incremento de estrés de los adultos y muchos
pueden llegar a sentirse culpables de la situación creada,
lo que afecta a su rendimiento escolar. La organización
también denuncia que una buena parte de la deuda contraída
a altos intereses repercute en cada niño que nace en este
momento en España, haciendo que lleguen a este mundo con una
cantidad pendiente de unos 15.570 euros.
De
este modo, en
los dos últimos años los niños han pasado a
encabezar el grupo de edad que es más pobre, superando al de
los mayores de 65 años. Para que la pobreza deje de tener el
rostro de un niño, Unicef reclama al Gobierno que ponga a los
niños y a sus familias en el núcleo de las decisiones
políticas para que pasen de ser un colectivo invisible a un
colectivo con futuro. Los
costes de no actuar ahora, no solo afectan a los niños y a las
familias más vulnerables de forma inmediata, sino que
comprometen
el crecimiento y el bienestar de toda la sociedad a medio y largo
plazo.







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