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17 de noviembre de 2013

El precio de la exclusión

Paisaje de serie y cemento a última hora de la tarde de un sábado frío y lluvioso del otoño madrileño. El centro plagado de transeúntes, barullos de música y amigos reunidos en torno a cafeterías y bares. Espléndidas rutinas de fin de semana entre las que se cuelan otras realidades silenciosas y atropelladas por el desinterés de nuestras prisas y la fuga de nuestra marcha. La mendicidad, siempre mal ubicada para las instancias municipales, aparece diseminada como un mapa de estrellas parpadeantes sobre el agujero negro de nuestra indiferencia, a medio camino entre la locura y ninguna parte. Para quien deambula habitualmente por las castizas aceras es tan familiar como el oso y el madroño, tan tradicional como el chotis, tan frecuente como la llegada del metro y tan común como la mala suerte. Desde la Puerta del Sol hasta Gran Vía, en una estación del subterráneo,  al cobijo de un portal o en el umbral de un cajero automáticamente deshumanizado, los indigentes se dibujan ante nuestros ojos cual farolas, incrustados en el mobiliario urbano.

Todo el mundo se lava las manos, excepto para recaudar. El gobierno municipal de Ana Botella, con el anuncio de una ordenanza de convivencia que aprobará en 2014, prevé multas de 750 a 3000 euros por infracciones tan depravadas como ofrecerse a limpiar parabrisas en un semáforo o pedir limosna ante un centro comercial. La tan manida hipocresía legal se muestra implacablemente despiadada ante un problema de historias descorazonadas y angustias a la intemperie. Según FEANTSA (federación europea que lucha contra el sinhogarismo), se calcula que, sólo en Madrid, más de 2.000 personas duermen en la calle cada noche. Tristemente, la contundencia de este naufragio social es ajena a los piratas del consistorio, más centrados en reducir cifras de pobres a base de multas eurolamentables. En su esfuerzo por tratar de disuadir de  la indigencia, como si hubiera alternativa, parece que creyeran que pueden suprimir a los sintecho con una goma de borrar.

Donka es una indigente búlgara que mendiga atención y ayuda con la mirada perdida en este infinito de incomprensión. Ante la desidia y el maltrato institucional que la criminaliza, y sin apenas hablar nada de castellano, sólo le queda esperar algo de anónima solidaridad. "Crea ilusión", "comparte alegría" son los eslóganes que anuncia la franquicia en la que se resguarda. No todo está perdido cuando todavía hay personas comprometidas que tratan de auxiliarla.


@ardeipalatnac


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